Feliçment, jo sóc una dona; Maria Aurèlia Capmany: resum


Feliçment, jo sóc una dona es una obra de marcado carácter feminista escrita y publicada en 1969por la escritora catalana Maria Aurèlia Capmany (1918-1991).

RESUM

(Perdona, però l'autor del resum no tenia prou competència per escriure el resum en català).

Capítulo 1

Nací en una calle de Santa Caterina, en Ciutat Vella. En una casa donde vivía abarrotada un montón de gente y se oían siempre gritos y risas. Vivíamos en el tercer piso, en una habitación con ventana al cielo, donde mi madre guardaba todos sus pertenencias, tesoros para mí, en dos maletas, ropa fina con puntillas, cintas, que mostraban un pasado opulento. Tengo el apellido de mi madre, Milà, y me llamo Carola. Mi madre nunca me ha explicado porqué. Mi madre tenía dos casas, esta de Santa Caterina, a donde siempre he venido, y otra donde nunca volveré. Mi madre era la hija del portero de can Pujades, y mi padre el señorito Pujades. Todos lo saben, yo también, aunque nadie me dijo nunca nada. La portería de can Pujades ya era un lujo comparada con la habitación de Santa Caterina, y el propio can Pujades era enorme, con jardines y arcos. Mi madre me llevaba de pequeña como cumpliendo un ritual, que llevaba sin mayores complicaciones. Nos sentábamos con los abuelos, en medio de largos silencios. Hablaba siempre el abuelo. La abuela era joven y fuerte, pero estaba claro que no nos tenñia simpatía. Merendabamos allí, yo gustosamente. Salvador Milà, el abuelo, fumaba y bebía anís,  y murmuraba con mi madre sobre mi futuro. La mujer del abuelo, que se llamaba Paula, no decía nada y me llevaba a expurgar (triar) lentejas. No le caíamos bien. Al anochecer, nos ibamos. Can Pujades era tan grande, que se diría que estaba aparte de la ciudad. Volvíamos a la habitación, donde la señora Marina, pero luego supe que sólo era por un tiempo, que luego habríamos de volver a can Pujades. Nunca pasé hambre, aunque la gente luego, al paso de los años, dijera lo contrario: Paula me daba bien de comer, y sólo la señora Marina, cuando estaba sola en la habitación, me da agua azucarada con pan.

El abuelo se casó con Paula cuando mi madre tenía 11 años y ya era toda una mujer. Ella y Paula no se llevaban bien, pero guardaban la apariencias delante del abuelo. El abuelo era muy respetado en can Pujades, como portero, y tenía cierta autoridad con el resto de empleados. Conocía al dedillo la finca. Mi madre debía tener 16 años (y el niño Pujades 17 o 18) cuando empezaron a tener un rollo. Mi abuelo siempre les pillaba y mi madre se ganaba siempre una buena paliza. Pero mi madre se quedó embarazada de mí, y enseguida buscaron la casa de la señora Marina. Todo se decidió entre los Pujades y mi abuelo, al que acabé aborreciendo, aunque de pequeña no pude llegar a saber lo vil que era, con esas manos peludas y sucias del tabaco. Nunca se mostró cariñoso. Tenía cinco años cuando volvimos a can Pujades, donde tenáimos nuestro sitio detrñas de una cortina en una habitación. Recuerdo las miradas furtivas del abuelo sobre mí. Los recuerdos se me amplifican con el contraste de mis dos habitats: la habitación de la señora marina en la bulliciosa ciudad, y la grandiosidad y el silencio majestuoso de can Pujades, sólo roto por las risas de las criadas y mozos. Y el abuelo que no vestñia camisa, como los hombres que a veces le visitaban, sino una bata. Así pues tenia 5 años, cuando volví a can Pujades, o quizás 7. El caso es que al cabo de un año, mi madre escapó y me quede sola. Pero ahora voy a recordar mi vida la calle Jaume Giral, en el corazón del barrio Santa Caterina.

Capítulo 2

Voy aprendiendo de pequeña a conocer y tratar a la gente, a conocer sus gestos e intenciones. Mi aprendizaje del entorno se va ampliando: de la habitación, al piso de la señora Marina, luego a las tiendas de alreddor, el lechero, el carpintero, ..., luego a la calle y al mercado. Pero cuando me tocaba ya moverme por la calle Princesa y plaza de Santa María, ya me tuve que ir. Formaban parte también de mi ambiente la mano ligera de la señora Marina, que daba tortazos y golpes sin ton ni son, en cualquier momento, pero que auqneu me produjeran dolor, se convirtieron en parte de mi infancia. Me solía gritar: Caroooooola!, para que le llevara la leche, y se la subía por la oscura escalera, cruzándome abajo con el zapatero, que me pedía un beso; en el rellano del primer piso me solía parar por el olor de lejía que salía del piso de allí, era el barbero, que tenía broncas con su mujer, a la que llamaba puta. Aprendí  así qué se debía decir, y qué no. Por el segundo piso pasaba pitando, alian mujeres de izquierda y derecha, el hombre del bar solía estar y me decía que me acercara, que me iba a tocar el culo, pero para espantarme. Yo corría pero a veces me cogía y entonces le daba patadas. La señora marina me daba el bote de porcelaan y de la leche, avisándome de que me mataría si se lo rompía. Llegaba donde la señora Pepita. Me gustaba ir allñi, ver a las señoras hablando, pero me daba también envidia ver la leche que no podía tomar. Le hacía otros recados también. Pelaba guisantes, secaba cubiertos, ... Creo que fui feliz, ahora lo sé, en aquel tiempo que tenía que renegar de mi pasado. Recuerdo tantas cosas, pero de lo que tengo ahora nada me lleva hacia allí, hacia el año 1905, tengo que ir a buscarlos a mi memoria. Digo 1905 porque era en aquel tiempo donde se empezó a fraguar el asesinato de Salvador Milá, mi abuelo. No sé exactamente donde estaba entonces, puede ser que estuviera en la portería de can Pujades, donde Paula, que me llamaba con el mote de Escaroleta, para que llevara leña a la cocina. Ponía motes a todos, aunque siempre guardando el respeto. Cenábamos pronto, para dar luego tiempo a los señores de cenar, y la cocinera me trataba bien, de quién no recuerdo el nombre, me daba de comer a gusto. Al abuelo Salvador, ni se le mencionaba, del miedo que le tenían. Recuerdo muy bien la porterñia, como un palacete, pero me cuesta recordar a mi madre allí. Salí de allí a Sanata Caterina cuando tenía 7 años, y solo recuerdo a mi madre vagamente. Se ahora, gracias al psiquiatra, que el olvido me fue una defensa, igual que el amor que buscaba entre los otros. Ni siquiera tengo fotos de ella. A veces la recuerdo pero en boca de otros, qu cuanto me parecía a ella, y cuando me llamaban pobrecita porque me había abandonado.  Paula no decía nada, tenía bastante con mi madre se había llevado en su huida unas enaguas suyas. Yo en cambio no sufría. Era fácil defenderse de aquello que veía, lo veía todo tan claro, como los intentos de la señora Marina para que no fuese un pendón como mi madre. El chico de la lechería me solíua perseguir, diciéndome " te voy a enseñar una cosa", hasta que llegaba a mi y se bajaba los pantalones y me hacía bajar las bragas, a pesar de mi resistencia. Me prepararon bien en Santa Caterina, sin duda, para la vuelta a can Pujades con Paula y el abuelo aunque pronto me esperaba un nuevo aprendizaje: la cocinera me dijo que me enviarían a un pensionado. Y al final el abuelo me lo dijo claro: don Gumersindo, el viejo Pujades, consideraba que debía recibir una educación. Iría al colegio del Bon Consell, donde iban las niñas ricas, de monjas francesas, con ideas avanzadas, tan avanzadas que tenían un pensionado para niñas pobres. Y para mi abuelo fue un honor. Y yo me quedé admirada con las palabras del viejo.

Capítulo 3

EN PROCESO (2 de 15 capítulos, hecho)

 

 

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